Reflejos en un cristal fragmentado I

Si he de ser sincero, no me agradó en absoluto que Ann insistiera en la importancia de mantener una apariencia honesta durante el proceso judicial y mediático que nos aguardaba, y así se lo hice saber con educación pero sin flaquear en mi firmeza. Un hombre es honesto o no lo es, le dije, pero no se puede fingir la veracidad, falsear la honradez, simular la decencia del ciudadano íntegro. La absurda propuesta de acentuar mi franqueza daba lugar indefectiblemente a la posibilidad de que tal claridad, cualidad ciertamente natural en mí, no fuera, en efecto, absoluta y positivamente auténtica. He de confesar, señores, no sin cierta vergüenza, que no me veo capacitado para imaginar siquiera qué siniestra situación llevó a Ann a maquinar tales ideas. Verdaderamente, indagar en el enigma no puede sino llevarme por senderos tortuosos, caminos que, por otro lado, no dudaré en transitar si con ello puedo encontrar explicación a tan pasmosa e imprevista actitud.

Sin embargo, no querría convencerles de que jamás hayan salido de mi boca palabras desatinadas. Es incuestionable que todos mentimos, pero no es menos cierto que todas las mentiras no son igual de embarazosas. Yo mismo, alguna lejana vez, durante la infancia, prometí haberme lavado las manos antes de sentarme a la mesa, cuando en realidad el agua y el jabón ni siquiera habían pasado cerca. Como ya imaginarán, un rápido vistazo de mi madre o de una de las criadas fue más que suficiente para que la tizne y el carbón confesaran lo que mis palabras trataban de ocultar. Así de inocente fue mi farsa y tanta claridad tuve yo, incluso en la mentira, que muy corta tuvo ésta las patas.

Recuerdo, es cierto, otra ocasión en la que mentí. Fue durante los meses de verano, cuando la casa se abría al campo y las criadas preparaban pasteles de merengue blanco. Por aquel entonces, mi glotonería infantil y mi voluntad aún tambaleante me impulsaron a sustraer, muchas horas antes de que se celebrase la usual cena familiar, una de aquellas nubecitas claras de la bandeja de plata donde reposaban. Como la vez anterior, una fugaz mirada bastó para que las criadas advirtieran la ausencia de una de las piezas. De este modo, mi pequeño crimen fue enseguida revelado a mis padres y yo fui, naturalmente, castigado. No me delató entonces la porquería en las manos, sino la suciedad en la mirada, la obscenidad de la culpa amenazando con contaminar la pureza de un niño de mejillas tiernas.

La verdad es que sé muy bien, señores, lo que la mayoría de ustedes se están preguntando. ¿Qué diablos tiene que ver la imagen expuesta con lo que les estoy relatando? ¿Qué relación guarda semejante icono, el objeto más maravilloso al que jamás ha dado lugar América, con los cargos de los que injustamente se me acusa? No niego que pueda parecer una asociación confusa, pero no es menos indiscutible que la explicación que voy a darles arrojará luz sobre todas sus dudas y sobre mi honor, que tan equívocamente ha sido puesto en entredicho a raíz de los recientes y lamentables acontecimientos. Tienen ustedes, señores, mi sincera palabra.

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