Lo que te contagiaron los poetas

Sabes que no me hicieron bien las ciudades de hielo
el vértigo desde lo alto del edificio del Sony Center
o las quince horas que dura Berlin Alexanderplatz.
Mi corazón estaba en el sur, farewell to the North,
me dije,
y pretendí que regresaba
por el infinito azul junto a la playa
las gaviotas blancas en el puerto
o las flores rojas que pendían de las altas
farolas a lo largo del litoral de las calles.
Por la añoranza,en suma, de algo diferente a mí
comencé el descenso en paracaídas
y aterricé convertida en pájaro sobre el azur del mar.
Podríamos decir que regresé a Manderley
un sueño de mansiones y vino sin rosas
pero olvidé tener en cuenta
lo que me contagiaron los poetas
pues
de tanto leer a Mallarmé mi palabra se volvió precisa y dolorosa
y la gran belleza que me prometía la vejez
no era más que una sombra de sombras
un diván oscuro en una fiesta de cuerpos
sin carne y almas olvidadas de la ausencia,
placeres prohibidos en el jardín velado
de mi aún temprana juventud.

Nunca pude regresar a Manderley.
Sobre el mar yacían con sus alas rotas
las oscuras golondrinas
y un río rojo de pétalos marchitos
hendía los recuerdos de mi infancia.
Placeres prohibidos, planetas terrenales
sepultados para y por siempre bajo
estructuras de hierro y palabras de metacrilato.

 

V Premio Cero de Poesía Joven

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Del lat. ‘movēre’.

Lentamente, el movimiento se perfila como un concepto fundamental. Es importante no permanecer quieto, ser río, desplazarse hacia algo, cambiar de posición. Pero no solo eso. Movimiento, del latín movēre. Aún conserva el verbo casi intacta su multiplicidad de significados, incluyendo: dar estímulo para algo, suscitar algo, excitar -y aquí cito- o dar principio a algo en lo moral. Todo lo que rodea al movimiento es capital, todo lo es comprendido en el seno del movimiento mismo. Nos importa saber hacia dónde nos dirigimos y cómo nos acercamos a nuestra meta. En ocasiones, directos, fulminantes como un proyectil cargado de voluntad y fuerza; otras, la mayoría tal vez, oscilamos sinusoidales entre los márgenes que acotan nuestra posibilidad de actuar, nuestra agencia, nuestro discurrir caótico, demencial, infantil. Múltiples veces nos colocamos, al contacto con lo extraño -interno o externo-, contra las cuerdas. Transitamos entonces la oscura, dolorosa, estimulante tercera senda de olvidar todo lo aprendido con anterioridad. Podría, en un gesto romántico, considerar este como el único movimiento real. Pero tan solo -¡tan solo!- se trata del ensanchamiento de nuestros márgenes, de la amplitud en el plano de acción a trazar. Tras la frontera, el caos de las partículas o la enigmática maquinaria de los números primos, una selva multicolor aún sin mancillar. Me temo que con demasiada frecuencia olvidamos desde dónde partimos o, más terrible aún, le adjudicamos a nuestro origen ese carácter, limitante y racional, que nos paraliza y ata como si se tratase de un juramento ineludible, la carga universal de una hipoteca o un pecado original. Recuperar el gesto inicial, el movimiento inconcluso, la tentativa desinteresada, podría ser una propuesta de movimiento. Quizá el propio movimiento debería moverse siempre hacia un intento irresponsable de llevar a cabo una arqueología cinética de la infancia.