Flores para los muertos

Flores, flores para los muertos… Coronas, coronas para los muertos…

Encarnada en la figura umbría de una mujer mexicana que entona un canto lánguido y tenebroso, así se acerca la muerte a Blanche DuBois. Abiertos de par en par, los ojos de Blanche reflejan el pánico de la farsante acorralada que comprende lo difícil que será salir airosa del laberinto que ha ido construyendo a su paso. Podríamos haber contemplado tal vez la misma mirada asustada en Eva Harrington, pero, en realidad, ella era harina de otro costal. Frente al pánico y la locura de Blanche, Eva echa mano de la furia y la ambición. Frente al delirio infantil de la antigua maestra de literatura, la joven actriz anhela con fervor la fama, la reverencia triunfal entre aplausos ya maduros y entusiasmados. Frente a la caída ineluctable de una mujer atormentada y abusada, el ascenso vertiginoso de una estrella que surca las bóvedas más brillantes y, finalmente, el cielo plagado de astros del codiciado Hollywood. Blanche es una mujer desgraciada y manipuladora que vuelve su rostro, siempre entre sombras, hacia la lejanía oscura del pasado. Eva, por el contrario, deslumbra como la capa de diamantes a su paso. Pero si bien Blanche “siempre ha confiado en la bondad de los desconocidos”, Miss Harrington está condenada a sobrevivir desprovista de aliados, inmersa en una lucha salvaje que no puede sino perder bajo el poderoso yugo del paso del tiempo, que la colocará cara a cara con el irremediable destino que la aguarda: la crueldad de la vejez, revolviéndose desesperadamente por sobrevivir antes de ser engullida por nuevos astros relampagueantes y desterrada definitivamente de los vastos escenarios. Blanche seguirá siendo Blanche. Eva aún habrá de convertirse en Norma Desmond, trágica y extraña como las vidas de tantas actrices que habitaron más allá del tenue y dúctil resplandor de la gran pantalla.

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