Amor Delta

Sabes que algunos fármacos pueden alterar la arquitectura del sueño

me dijo y yo respondí que sí que lo sabía que mis pilares se habían visto

ligeramente tambaleados en días recientes que también le daba al Lexatín

que no podía dormir por las noches porque padecía insomnio terminal

que sonaba terrible pero que solo se refería a las mañanas al sol al viento

que me despertaban con el trino de los pájaros y ya no podía dormir más

aunque me entraba la risa porque el Lexatín era en el fondo bromazepán

y sonaba a chiste muy malo que contarle a alguien que no conoces

cuando estás muy nervioso y sabes que la vas a cagar le dije

y me contestó que ella también estaba que se subía por las paredes

que bebiésemos más y que nos fuéramos a su casa a alterar juntos la arquitectura

del sueño y a poner a prueba los pilares de su habitación que las paredes eran

tan finas que desde su cuarto se podía oler la playa los naranjos las cacas

de los perros de la calle y hasta los sueños de la casa de al lado le dije

que sí que quería compartir mi noche con ella disfrutar la fase delta

del sueño juntos porque las fases siguientes quizá no podría pero entonces me sonrió

y contestó que le encantaría que no le importaba mi REM defectuoso que me quería

así que llevaba tiempo deseando que alguien complementase su insomnio inicial

que juntos nos ocuparíamos del mar que dividiríamos la tarea ella cuidaría del atardecer

y yo del despertar que por fin consumaríamos un ciclo de sueño le dije que yo también

la amaba la besé con los ojos cerrados ella los mantuvo abiertos.

Anuncios

Lluvia en el sureste de la península

En estos últimos días, si el transeúnte no se encuentra demasiado abstraído en sus asuntos, puede observar numerosos paraguas abandonados bajo la lluvia. El paraguas, objeto codiciado en el momento de los primeros chaparrones, se desecha sin contemplaciones una vez sufre algún desperfecto en su mango, varillas o tela. Decenas de paraguas callejeros son despreocupadamente tirados en cualquier esquina donde, una vez declarados inútiles por el usuario, permanecen a la intemperie, lloran bajo la lluvia, se ponen tristes y finalmente mueren.

Lo que te contagiaron los poetas

Sabes que no me hicieron bien las ciudades de hielo
el vértigo desde lo alto del edificio del Sony Center
o las quince horas que dura Berlin Alexanderplatz.
Mi corazón estaba en el sur, farewell to the North,
me dije,
y pretendí que regresaba
por el infinito azul junto a la playa
las gaviotas blancas en el puerto
o las flores rojas que pendían de las altas
farolas a lo largo del litoral de las calles.
Por la añoranza,en suma, de algo diferente a mí
comencé el descenso en paracaídas
y aterricé convertida en pájaro sobre el azur del mar.
Podríamos decir que regresé a Manderley
un sueño de mansiones y vino sin rosas
pero olvidé tener en cuenta
lo que me contagiaron los poetas
pues
de tanto leer a Mallarmé mi palabra se volvió precisa y dolorosa
y la gran belleza que me prometía la vejez
no era más que una sombra de sombras
un diván oscuro en una fiesta de cuerpos
sin carne y almas olvidadas de la ausencia,
placeres prohibidos en el jardín velado
de mi aún temprana juventud.

Nunca pude regresar a Manderley.
Sobre el mar yacían con sus alas rotas
las oscuras golondrinas
y un río rojo de pétalos marchitos
hendía los recuerdos de mi infancia.
Placeres prohibidos, planetas terrenales
sepultados para y por siempre bajo
estructuras de hierro y palabras de metacrilato.

 

V Premio Cero de Poesía Joven

Del lat. ‘movēre’.

Lentamente, el movimiento se perfila como un concepto fundamental. Es importante no permanecer quieto, ser río, desplazarse hacia algo, cambiar de posición. Pero no solo eso. Movimiento, del latín movēre. Aún conserva el verbo casi intacta su multiplicidad de significados, incluyendo: dar estímulo para algo, suscitar algo, excitar -y aquí cito- o dar principio a algo en lo moral. Todo lo que rodea al movimiento es capital, todo lo es comprendido en el seno del movimiento mismo. Nos importa saber hacia dónde nos dirigimos y cómo nos acercamos a nuestra meta. En ocasiones, directos, fulminantes como un proyectil cargado de voluntad y fuerza; otras, la mayoría tal vez, oscilamos sinusoidales entre los márgenes que acotan nuestra posibilidad de actuar, nuestra agencia, nuestro discurrir caótico, demencial, infantil. Múltiples veces nos colocamos, al contacto con lo extraño -interno o externo-, contra las cuerdas. Transitamos entonces la oscura, dolorosa, estimulante tercera senda de olvidar todo lo aprendido con anterioridad. Podría, en un gesto romántico, considerar este como el único movimiento real. Pero tan solo -¡tan solo!- se trata del ensanchamiento de nuestros márgenes, de la amplitud en el plano de acción a trazar. Tras la frontera, el caos de las partículas o la enigmática maquinaria de los números primos, una selva multicolor aún sin mancillar. Me temo que con demasiada frecuencia olvidamos desde dónde partimos o, más terrible aún, le adjudicamos a nuestro origen ese carácter, limitante y racional, que nos paraliza y ata como si se tratase de un juramento ineludible, la carga universal de una hipoteca o un pecado original. Recuperar el gesto inicial, el movimiento inconcluso, la tentativa desinteresada, podría ser una propuesta de movimiento. Quizá el propio movimiento debería moverse siempre hacia un intento irresponsable de llevar a cabo una arqueología cinética de la infancia.

Reflejos en un cristal fragmentado I

Si he de ser sincero, no me agradó en absoluto que Ann insistiera en la importancia de mantener una apariencia honesta durante el proceso judicial y mediático que nos aguardaba, y así se lo hice saber con educación pero sin flaquear en mi firmeza. Un hombre es honesto o no lo es, le dije, pero no se puede fingir la veracidad, falsear la honradez, simular la decencia del ciudadano íntegro. La absurda propuesta de acentuar mi franqueza daba lugar indefectiblemente a la posibilidad de que tal claridad, cualidad ciertamente natural en mí, no fuera, en efecto, absoluta y positivamente auténtica. He de confesar, señores, no sin cierta vergüenza, que no me veo capacitado para imaginar siquiera qué siniestra situación llevó a Ann a maquinar tales ideas. Verdaderamente, indagar en el enigma no puede sino llevarme por senderos tortuosos, caminos que, por otro lado, no dudaré en transitar si con ello puedo encontrar explicación a tan pasmosa e imprevista actitud.

Sin embargo, no querría convencerles de que jamás hayan salido de mi boca palabras desatinadas. Es incuestionable que todos mentimos, pero no es menos cierto que todas las mentiras no son igual de embarazosas. Yo mismo, alguna lejana vez, durante la infancia, prometí haberme lavado las manos antes de sentarme a la mesa, cuando en realidad el agua y el jabón ni siquiera habían pasado cerca. Como ya imaginarán, un rápido vistazo de mi madre o de una de las criadas fue más que suficiente para que la tizne y el carbón confesaran lo que mis palabras trataban de ocultar. Así de inocente fue mi farsa y tanta claridad tuve yo, incluso en la mentira, que muy corta tuvo ésta las patas.

Recuerdo, es cierto, otra ocasión en la que mentí. Fue durante los meses de verano, cuando la casa se abría al campo y las criadas preparaban pasteles de merengue blanco. Por aquel entonces, mi glotonería infantil y mi voluntad aún tambaleante me impulsaron a sustraer, muchas horas antes de que se celebrase la usual cena familiar, una de aquellas nubecitas claras de la bandeja de plata donde reposaban. Como la vez anterior, una fugaz mirada bastó para que las criadas advirtieran la ausencia de una de las piezas. De este modo, mi pequeño crimen fue enseguida revelado a mis padres y yo fui, naturalmente, castigado. No me delató entonces la porquería en las manos, sino la suciedad en la mirada, la obscenidad de la culpa amenazando con contaminar la pureza de un niño de mejillas tiernas.

La verdad es que sé muy bien, señores, lo que la mayoría de ustedes se están preguntando. ¿Qué diablos tiene que ver la imagen expuesta con lo que les estoy relatando? ¿Qué relación guarda semejante icono, el objeto más maravilloso al que jamás ha dado lugar América, con los cargos de los que injustamente se me acusa? No niego que pueda parecer una asociación confusa, pero no es menos indiscutible que la explicación que voy a darles arrojará luz sobre todas sus dudas y sobre mi honor, que tan equívocamente ha sido puesto en entredicho a raíz de los recientes y lamentables acontecimientos. Tienen ustedes, señores, mi sincera palabra.

La gueule de bois

Forest of light by Robin Halioua

Por lo visto, los francoparlantes no tienen resaca, sino que se levantan con la boca de madera, o la cara de bosque, no sé con exactitud cuál sería la traducción más precisa. Ahora que espiritualmente estoy retomando el idioma (porque físicamente mis esfuerzos se han limitado a leer en el metro a Amélie Nothomb) quizá pueda considerarme afortunada, porque podré elegir, en esos días grises en los que todo se hace doloroso y pesado alrededor, si dentro de mi cabeza y en mi cuerpo permanecen los restos del mar al retirarse o si tal vez es la humedad asfixiante de un bosque oscuro lo que albergo en mi boca y no en mi cerebro, seco, como creían los antiguos, por una ingesta excesiva del fluido báquico la noche anterior. En cualquier caso, lo cierto es que me he levantado de la siesta con boca de bosque y cara de palo, sin haber bebido más que agua embotellada con su toque de sodio y calcio, y es que a veces el cuerpo nos sorprende y castiga por yo qué sé que borrachera a la que se le hubiera olvidado responder, en el momento oportuno y en su justa medida, muchos meses en el tiempo atrás.