Nobody exists on purpose

A propósito de la tercera temporada de Rick y Morty me he topado con una columna que sostiene que las series animadas para adultos son cada vez más crueles y que el humor de Rick y Morty “consiste en decir a bocajarro lo que muchas veces no nos atrevemos ni a pensar”. Es cierto que, como señala el columnista, Peter Griffin es más ácido que Homer Simpson, y que Rick Sánchez supera en crudeza a los dos anteriores. Es, de hecho, muy probable que la ironía y la irreverencia en las series de animación para adultos sea cada vez más bestial. Sin embargo, no solo nos reímos de la brutalidad, es decir, Rick y Morty no solo es gracioso porque es horrible. Al final de la columna citada, el autor comenta que nuestra risa es una risa nerviosa, porque en el fondo nos reconocemos en la personalidad terrible de Rick. No creo que sea una risa nerviosa, sino más bien una risa triste, una risa que no siempre es risa, una risa que emerge tras innumerables giros del lenguaje, marcada por el sarcasmo y la ironía, y por la costumbre creciente de enfrentar con humor retorcido y caminos enrevesados la realidad. Se trata, en suma, de poner distancia entre el objeto y el sujeto que contempla, pero también entre los sujetos que se contemplan entre sí. Nos reímos -y también nos estremecemos- con Rick y Morty porque nos habla del desencanto de la infancia, de un mundo en el que no existe una distinción nítida entre el bien y el mal (y tal vez sea esta la verdadera razón por la que hablamos de una serie para adultos). Rick y Morty trata también de la vejez, de encontrarse en un punto muerto, de plantearse cómo hubieran sido las cosas si hubiésemos actuado de otro modo años atrás. Nos habla del amor, de la costumbre y la rutina, de la separación, del alcoholismo y la depresión, de la tragicidad inherente a la vida, quizá aún más terrible en el caso de las personas extraordinarias como Rick Sánchez.

Es cierto que Rick y Morty se atreve a decir lo que no queremos pensar, sobre todo gracias al profundo nihilismo de Rick y al demoledor existencialismo de Morty. Ambos son conscientes de la aleatoriedad de la vida, de la insignificancia de nuestros actos, puesto que saben que ni ellos mismos ni su mundo son únicos o insustituibles. Como dice Morty, “Nadie existe con un propósito. Nadie pertenece a ningún sitio. Todos vamos a morir. Vamos a ver la tele.” Y llegamos aquí a la paradoja que nos presentan Rick, Morty o el mismo Rust Cohle: ¿por qué merece la pena vivir? Para Woody Allen resultó fácil responderse a sí mismo en Manhattan, aunque lo hizo con una convicción aparentemente mucho más débil que la que observamos en la respuesta vital de Rick, quien, salvo en momentos críticos, responde de forma instintiva intentando salvarse y seguir más allá. Rick es egoísta, cínico, incapaz de permitirse y dejarse amar, es despreciable en muchos aspectos, pero también es un luchador que se resiste a renunciar. “¿Qué ocurre con la realidad en la que Hitler cura el cáncer? La respuesta es: no pienses en ello.”, dice Rick. O, lo que tal vez sea lo mismo, en palabras de Walt Whitman:

La pregunta, ¡oh, yo!, tan triste, que vuelve – ¿qué de bueno hay en medio de estas cosas? Oh, yo, ¿oh, vida?

Respuesta.

Que estás aquí – que existe la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama, y que tú puedes contribuir con un verso.

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